Tuesday, March 25, 2008

HISTORIA DEL DEPORTE LORETANO-continùa

La primera banda que se disputó fue la de 100 metros planos e intervinieron en la prueba los mejores velocistas de entonces: Julio Silva Bartra, Fernando Carrillo, Adolfo Velásquez, Ramón Cisneros, Emilio Berger y otros, que aunque poco tenían que hacer, eran arrastrados por su entusiasmo, entre ellos, Wenceslao Espinar, Teobaldo Medina, José Ayllón.
Fue la banda más disputada, porque cuando la primera vez la ganó Julio Silva en la Plaza Leoncio Prado, el flamante campeón inmediatamente fue retado por Fernando Carrillo, quien se la arrebató. Adolfo Velásquez a su vez se la arrebató a Carrillo en un nuevo reto que Silva le hizo, pero Carrillo volvió a retarlo volviendo a ganarla; de nuevo Julio Silva retó a Carrillo y volvió a ganarla y así hasta que cuando ya se apagaba el entusiasmo por las nuevas pruebas Julio Silva en un nuevo reto volvió a ganarla. Con la banda de salto largo sucedió lo mismo. Fue disputada tres veces. Los mejores de la especialidad eran, por ser velocistas, Silva, Carrillo, Cisneros y Berger. La banda de salto alto con garrocha la ganó Eduardo Noriega por una sola vez, pues aparte de Berger que no era rival por ser del José Pardo, no había quien pudiera competir con éxito. Ambos saltaban tres metros y si no mejoraban su marca era porque los postes para los saltos sólo tenían esa medida. Y eso, colocando la varilla en el tope del poste. La banda de lanzamiento de la bala la ganó Víctor Abreu Villacorta del Loreto. Ya Estévez Vidal que había sido campeón 8 años estaba en declinación. La de salto alto la ganó Adolfo Vargas que recién entraba en competencias atléticas y era una gran promesa. La de salto alto con trampolín la ganó por una y definitiva vez Francisco Ríos Vásquez, que un año más tarde habría de ser bautizado con el mote de “Chancapierna” La de salto largo con garrocha quedó definitivamente con Teobaldo Medina en una sola competencia, pues el Comité Sportivo se informó que la tal prueba no existía entre las de atletismo. Por eso fue declarado Medina, campeón vitalicio de salto largo con garrocha. Este género de competencias se prolongó hasta el año 1,924, no obstante desaparecer el Comité Sportivo, que fue sustituido por la Federación Sportiva de Loreto. Así concluyó en el José Pardo el periodo institucional, durante el cual, o mejor dicho durante la clandestinidad se realizaron 7 sesiones; las 2 primeras en el mismo local, la del 23 de julio en el del Dos de Mayo, el 5 de agosto en la sastrería “La Industria” del socio Melchor Celis, y la del 19 de octubre en la que se acordó la suspensión del receso del club, creyendo concluida la persecución y, la del 31 del mismo, en el local del club, pero a puertas cerradas ambas. Las sesiones de Directiva fueron cinco. La presión de las autoridades se hizo mas intensa al finalizar el periodo institucional. El General Álvarez con el objeto de desalojar a los inquilinos del inmueble, propuso a su propietario don José Altimira la compra del edificio, pero éste como era socio del club puso a los miembros del Directorio en antecedentes, proponiéndoles a su vez la compra del local, a fin de parar el golpe con que amenazaba el general Álvarez. Una consecuencia lógica del receso del club era la carencia de fondos, de modo que si en circunstancias normales no tenían recursos, en tal situación era imposible que contaran con las doscientas cincuenta libras que Altimira señalaba como precio de venta del local. Esa tremenda dificultad amenazaba hacer más fácil los manejos de Álvarez. Pero, por un lado la audacia de los directivos del club, por otro la simpatía de Altimira y una feliz coincidencia, dieron como resultado que encontrándose un día en el Restaurante “Ambos Mundos” de Julio Queija, Documet, Baltasar Eguren, Eduardo Noriega, Rosell Santolaya, Serrón, Ernesto Díaz y Gustavo Peláez, entró Altimira a almorzar y después de una animada tertulia en la que el tema fue la compra del local, consiguieron que Altimira rebajara el precio a doscientas libras y que el pago se efectuara al firmarse las escrituras, dentro de un plazo de 15 días. Rosell Santolaya que toda su vida fue Notario hizo firmar a Altimira el convenio legalizándolo formalmente. Decía así el documento:

Señor Notario:
Según usted ha oído, he ofrecido aceptar la venta del edificio que ocupa el Athletic Club José Pardo, por la suma de doscientas libras oro, al contado, en el momento de firmarse las escrituras, cuyas doscientas libras deben ser completamente limpias y libres de todo gasto. Expido este en presencia del señor Notario don Manuel Rosell Santolaya, y del presidente del club, y de dos socios más, y doy 15 días de plazo desde este ofrecimiento o compromiso. Iquitos, 19 de julio de 1923.- (f) José Altimira Motta.
Ante mí.- (f) Manuel Rosell Santolaya. Notario.

El negocio fue pactado sin que el club tuviera en su caja un solo centavo, pero lo festejaron con una invitación de Altimira a todos los presentes, que despacharon un suculento almuerzo rociado con “vino generoso”. El presidente Serrón inmediatamente citó a sesión, la que se realizó en el local del Dos de Mayo el 23 de julio y después de largo y sesudo debate acordaron una emisión de bonos de diez soles amortizables por sorteo y si ningún interés. Esa misma noche, con cargo a los bonos que deberían imprimirse pagaron anticipadamente por 50 acciones: Serrón pagó por 15; Juan José Hidalgo y Alfonso Bartra por 10 cada uno; José Chapiama por 5; Eloy Ríos por 3; José Antonio Rengifo, Benjamín Rengifo, Adolfo Velásquez, y Alcibíades Alván por uno cada uno. Se comprometieron y pagaron al día siguiente, Ernesto Díaz, Melchor Celis y Juan B. Tuesta por 10 bonos cada uno; Julio Urrunaga, Manuel Estévez Vidal y Emilio Berger, por 5 cada uno; Sabino Álvarez y Jorge Noriega 3 cada uno; Luís Fernández Nunes, Juan Soarez y Braulio Meza 2 cada uno; y tomaron uno cada uno: Jorge Raygada, Luís Freitas, Carlos B. Saavedra, Juan Teixeira, Julio Olórtegui, Benjamín Dávila, César Hernández, Julio A. Rojas, Leoncio Burga, Telmo Reategui, José Alberto Costa, Arnaldo Collazos, Osorio Vara, Marcial López, Juan Menacho, Augusto Montani, (Sisebuto), y Manuel Arias. Además donaron Ricardo Bahamonde y Juan Daniel Arévalo cinco soles cada uno, José Tantawatay, dos soles y Benito Rojas un sol. Computado lo que se podía disponer se obtuvo la cantidad de un mil trescientos sesenta y tres soles. Inmediatamente se consiguió el ofrecimiento de un préstamo al 12% anual por la cantidad de 600.00 del señor Julio A. Urrunaga, para el caso de no vender pronto los bonos restantes, quedando el problema insignificante de treinta y tres soles , para completar las doscientas libras ¡pues los gastos no se consideraban! porque Rosell Santolaya se ofreció hacer toda la tramitación en forma gratuita, lo que le mereció un voto de aplauso y agradecimiento. La escritura de compraventa la firmaron como propietarios Ladislao Serrón, Jorge Noriega, José Antonio Rengifo, Benjamín Rengifo y Melchor Celis, la que años después, estabilizadas las cosas, se ordenó en forma regular a nombre del Athletic Club José Pardo. Al saber el general Álvarez que el club se le había adelantado en el negocio que creía seguro, porque conocía 1a situación económica que atravesaba el club, redobló su empeño en impedir su funcionamiento normal. En cambio los directivos, dueños del edificio, se sintieron más confiados y empezaron a creer que las amenazas de Álvarez iban perdiendo fuerza. El 12 de agosto se efectuó la elección de cargos para el nuevo periodo que debía instalarse el 1º de setiembre.

ANECDOTARIO

El 4 de julio de 1922, jugando un partido de fútbol entre el José Pardo y el Dos Mayo, en la que se disputaba una Medalla de Oro, obsequiada por José Pellegrino, socio de este último y que perdió José Pardo, se produjo un incidente entre el referee Máximo Vacalla y el capitán del equipo de José Pardo, Manuel Estévez Vidal, debido a que éste se quejaba de los fallos de Vacalla. El carácter impulsivo de Vidal lo dio origen y como Vacalla tampoco lo era menos, por poco se trenzan en la cancha. En la sesión inmediata del José Pardo, Dos de Mayo y Vacalla, en sendos oficios reclamaron de la actitud de Estévez Vidal. La Asamblea les negó autoridad a ambos, para reclamar ante el club; al Dos de Mayo porque el asunto estaba fuera de su competencia y a Vacalla porque su autoridad de árbitro se limitaba a la cancha y al momento del partido; pero, la dirección técnica del club, censuró al capitán Estévez Vidal, considerando su conducta “indigna de un capitán de equipo” y aunque tuvo varios defensores entre ellos Eduardo Noriega y Leoncio Burga, el club le aplicó una amonestación.

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Cuando se empezaron a practicar saltos de altura, no se usaba, y probablemente no se tenía noticia de las varillas de reglamento. Para el caso se utilizaba un cordel, que se ponía tenso entre los postes, mediante un peso en cada extremo. Para hacerlo mas visible a los saltadores, se ponía generalmente un pañuelo, que al mismo tiempo servía para notar si el saltador había tocado el cordel. Pero por lo general cuando este pasaba casi rozándolo, el aire producido movía el pañuelo y… aquí venían las discusiones. Posteriormente alguien ideó un artefacto de metal, una especie de engrampe, que unía el cordel en el centro entre los postes. Era tan sensible que al menor toque debía abrirse separando los cordeles. Pero, (nunca faltaban los peros), sucedía a veces que el tal artefacto no funcionaba aunque lo tocara el saltador y… de nuevo las discusiones… Ya en el año 1,926 empezaron a utilizarse las varillas, pero no de la forma triangular reglamentaria sino cuadrangular. Pero para el caso era igual. Lo importante era que se avanzaba en la práctica del atletismo.

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Los primeros postes para saltos que mandó hacer el José Pardo costaron la irrisoria suma de cinco soles y las primeras garrochas que se usaron dos soles cada una. Eran de “espintana”, una madera liviana, flexible y de gran resistencia. Más tarde, por gestión de Berger, la casa Strassberger importó garrochas reglamentarias de bambú y, por encargo especial del José Pardo una de aluminio, que posteriormente desapareció del Club cuando se olvidó la práctica del atletismo. Alguien aseguró alguna vez que la había visto en Pihuicho Isla, sirviendo de ‘barbacoa” para secar pescado. Esto no es una broma. Me lo dijeron en serio.

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Cuando se realizaron las competencias por las bandas de campeón, tanto creció el entusiasmo y la expectación, que entre los aficionados circulaban los más fantásticos comentarios. Cuando se produjo el primer reto de Carrillo a Silva por la banda de campeón de 100 metros planos, se decía entre los del Loreto, que Carrillo corría en competencia con un caballo especialmente amaestrado por un “aguador” apellidado Arbildo en la Plaza Leoncio Prado. Y agregaban que Carrillo le ganaba al caballo. Los del Pardo decían que Silva se ejercitaba con un ciclista que entraba a toda máquina en la Plaza 28 de Julio por el lado de la avenida Tacna hacia Almirante Grau. Ninguna de las versiones eran ciertas, pero exaltados los ánimos de los hinchas de uno y otro atleta, creaban un clima de suspenso en el ambiente deportivo.

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Cuando se disputó la banda de campeón de salto largo con garrocha, que se hacia apoyando a la carrera la garrocha, saltando desde la marca, montado a caballo y trepando tanto como fuera posible para dar el salto hacia adelante buscando longitud, nadie sabía quién ni cómo puso las reglas para el salto. Loreto tenía dos buenos saltadores de la especialidad: Teobaldo Medina y Fabriciano Vela. Teobaldo Medina conquistó la banda. Pero un día llegó a conocimiento de los miembros de la Federación Sportiva que no existía entre las pruebas atléticas el tal salto largo con garrocha. Como ya había un campeón no tuvieron otra salida que declararlo campeón definitivo. Así resultó Teobaldo Medina campeón de salto largo con garrocha para toda la vida.

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