Thursday, September 07, 2006

A LA MEMORIA DE MANUEL ESTEVEZ VIDAL

Leído en el programa “La hora deportiva” de radio Loreto-IQUITOS/PERÚ- s/f



Hubo una época en Iquitos en que hablar de deporte era hablar de Manuel Estévez Vidal, porque su nombre estaba unido a todas las manifestaciones del músculo y a cuanto se refería a la cultura física.
Pero, la inexorable lucha por la vida lo alejó de las pistas y las canchas, y en sus horas de nostalgia al evocar recuerdos y añorar hazañas lamentaba el decaimiento de las demostraciones atléticas , protestaba airadamente por los rumbos equivocados que tomaba su viejo Athletic Club José Pardo y pregonaba que la pérdida de aquella tarjeta de oro, su más preciada conquista, fruto del esfuerzo de cuantos concurrieron al triunfo, era el baldón de la historia del club y la afrenta de aquellos que no se preocuparon por su desaparición.
Hoy, volvió a hacer noticia. Triste noticia que acongoja a sus amigos y compañeros de lucha, porque es la noticia de su viaje sin retorno. Partida ineludible a la que van sumando todos aquellos que en lejana época, hacían como él, gala de sus esfuerzos y derroche de sus energías.
Si algún deportista pudo ufanarse de haber dado cuanto estuvo en su capacidad en la defensa de sus colores y por el prestigio de su club, Estévez Vidal es ese.
No hubo prueba en la que no compitiera con éxito pero, su mayor satisfacción, recordando las jornadas deportivas en que intervino, fue haber sido durante 8 años campeón de lanzamiento de la bala… ¡y qué bala! , una enorme esfera de hierro fundido de más de 10 kilos de peso que a la carrera lanzaba a 11 metros…y donde ponía su marca no llegaba otra. Era el prototipo del músculo y la esencia de la fuerza.
Cierta vez llegó un sirio, campeón de lucha libre, Salim Salles, que lanzó un público reto a la juventud deportiva de Iquitos. Nadie se atrevió a aceptarlo. Pero, en el José Pardo, los amigos de Estévez Vidal le dijeron: ¡tú tienes que vencerlo! , y Estévez Vidal aceptó el reto.
En el primer encuentro el sirio sintió los férreos brazos de Estévez Vidal que amenazaban desnucarlo, y gracias a su técnica logró un empate. Para el segundo encuentro el malicioso sirio se untó el cuerpo con grasa y Estévez Vidal no pudo hacer presa en él. Comprendió Vidal la treta y para aceptar el tercer desafío puso la condición de que el encuentro se realizara en la arena del gimnasio del club y “bien bañaditos”. El sirio no aceptó.
Vidal siempre tuvo recursos deportivos escondidos, que sólo sacaba a relucir justo cuando hacían falta. Para el campeonato por la Copa Esponda se incluyó entre las pruebas el tenis. Nadie jugaba tenis entre los del José Pardo, pero Vidal dijo que él podía hacerlo y conquistó valiosos puntos con sus victorias.
Estévez Vidal tiene en el José Pardo un copioso historial deportivo. Muchos son los trofeos que tienen el sello de su esfuerzo. Ellos son los mudos testigos de cómo en esa época de oro, corazones y alientos como el de Vidal eran abundantes.
Hoy su nombre suena a fábula, a mito, a leyenda, como el de todos aquellos que hicieron historia y legaron glorias inigualadas, pero, todo tiene un fondo de verdad, porque Vidal y todos ellos, fueron para el José Pardo, como el río para el cauce, torrente impetuoso que se encierra en él y avanza buscando una meta que al fin alcanza…llega y desaparece dejando sólo el recuerdo y el ejemplo para un nuevo torrente de generaciones, las que los mencionan sin conocerlos, los respetan sin intentarlo y los admiran por propio impulso.
Estevez Vidal hace hoy la última visita a su club. Ya no lleva ni triunfos ni conquistas; ni reproches ni acusaciones. Lleva la paz del último reposo y su último deseo acaso fue estar cerca de esos preciados trofeos, que son su aliento y sudor, estar dentro de esos muros que escucharon los hurras de victoria que lanzaron las gargantas festejando los triunfos, estar dentro de ese recinto que vio discurrir la inquietud deportiva juvenil de tres generaciones y en silenciosos homenaje le cobija como eterna madre amorosa al hijo que le dio glorias y prestancia y llevó su nombre lejos del ande inmenso.
Allí está Vidal en su última visita, al pie del emblema verde que fue su escudo triunfal. El altivo gallardete que tantas veces llevó en alto está a media asta, como bajándose para darle con sus pliegues el ósculo postrero, el adiós de despedida.

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